Wingless Dragon

Ayax K.Storm

Mago alineado con dragones, marcado por la pérdida y el fuego. Hijo único, creció bajo una exigencia extrema tras la muerte de su madre, aprendiendo a sobrevivir sin refugio emocional. Guapo, magnético y peligroso, utiliza su labia y su atractivo como armadura. Sus tatuajes dracónicos son sellos vivos que canalizan un vínculo ancestral con el fuego.

𝐈𝐍𝐅𝐀𝐍𝐂𝐈𝐀


Desde que Ayax aprendió a andar, ya parecía desafiar al mundo. Creció en un Valle donde la magia no se enseñaba en libros, se respiraba en el aire. Su infancia estuvo marcada por los dragones que sobrevolaban las montañas lejanas…y los sueños.Aquellos que lo despertaban en mitad de la noche con un calor incesante, los ojos se volvían color ámbar…y un símbolo dracónico apareció a fuego en su esternón, el aire se volvió caliente a su alrededor y desde entonces el fuego lo respondió. Los padres de Ayax lo supieron enseguida, sería un mago prometedor, era un alineado.Era un niño inquieto, descarado, siempre sonriendo con esa mezcla peligrosa de encanto y travesura. Robaba manzanas, se escapa para ver a los dragones sobre los riscos del valle. Mentía con facilidad, casi artístico. Pero todo cambió tras la muerte de su madre.Ayax aprendió de manera prematura que el amor podía desaparecer sin avisar. No había despedidas largar ni promesas apagadas, el silencio comenzó a ser su nuevo hogar. Desde entonces, fue hijo único de un hombre que confundía disciplina con salvación.Su padre era un majo severo, brillante, respetado y frío. Creía que la grandeza se forjaba con exigencias, no con caricias. Sobre Ayax cayó el peso del apellido, de ambos. Así como el linaje…no había con quien compartir la carga, no había refugio, solo expectativas.La muerte de su madre partió algo dentro de él, y el fuego acudió a sellarlo. Pequeñas marcas negras fueron apareciendo en su piel, la piel de un niño que no sabía cómo gritar el foor y la magia reaccionó a la perdida lo que su corazón no podía decir. Su padre se volvió mas estricto, más duro…convencido de que la única manera de no perder también a su hijo, era convertirlo en uno de los más grandes de su tiempo.Ayax aprendió a no llorar…a apretar los dientes…a dejar que el fuego hiciera el trabajo emocional por él.

𝐀𝐃𝐎𝐋𝐄𝐒𝐂𝐄𝐍𝐂𝐈𝐀


Cuando entró en la academia arcana de Virelion, Ayax ya era imposible de ignorar. Alto, sonrisa insolente y una seguridad que rozaba la arrogancia. Se volvió afilado, guapo de una forma descarada que no pide permiso.Aprendió a usar su atractivo…si la gente deseaba su cuerpo, no sé fijaría en sus grietas. Cuerpo marcado por los entrenamientos, piel tatuada por aquellas marcas de símbolos dracónicos que parecían moverse cuando respiraba, los cuales podían volverse fuego en un parpadeo.Tenía labia. Muchas. Una voz grave, segura con ese tono que sabe exactamente el efecto que provocará al que llegue el sonido de su voz. Coqueteaba como respiraba, natural, sin esfuerzo. Las mujeres lo deseaban incluso cuando sabían que era una mala idea.Y lo era.En la Academia destacaba sin esfuerzo aparente. Dragones, rituales antiguos, tenía magia avanzada…todo lo comprendía rápido. Especialmente la dragonologia. Aquellas criaturas no mentían, no fingían afecto. Quemaban o protegían, sin medias tintas. Él no los estudiaba, los entendía…sabía cuando atacarían, cuando heriría o escucharían, no eran muy diferentes.Pero los dragones no solo estaban presenten en sus pensamientos, o en su día, eran parte de él, tanto que habitaban dentro. Y se hacían visibles en su piel, de una forma de lo más especial.Cada marca en su cuerpo de aquella magia tan ancestral que habitaba en el, se dejaba ver de una forma, y le aportaba un poder en particular;- Una en el pecho, que le permitía resistir al fuego.
- Unas alas en su cuello, que invocaba alas espectrales por breves instantes.
- Una de un dragón enroscado en su costado, le otorgaba una fuerza brutal, a cambio de un agotamiento absoluto.
Cada una de esas marcas atacaba a su alma y cuerpo, como si ardiera desde dentro. Cuando peleaba, su alrededor se oscurecía y su enfado hacia que el suelo bajo sus pies se agrietara…ante el peso y el poder de un verdadero dragón. Sus ojos se afilaban y el color ámbar se volvía protagonista de sus ojos, que desprendían poder y destrucción.

𝐀𝐃𝐔𝐋𝐓𝐄𝐙


De adulto Ayax era precisamente lo que parecía. Un hombre atractivo y peligroso. Caminaba con la seguridad de quien sabe que todos los miran. Sonreía poco, pero cuando lo hacía, era letal.Sus marcas contaban historias que nadie se atrevía a preguntar. El fuego lo obedecía y los dragones lo trataban como un igual.Cuando la magia lo atravesaba, sus ojos dejaban de ser azules. Se volvían dorados, ardientes y antiguos. No rugía, no hacía falta. Bastaba con mirarlo para entender que no era humano del todo…pero tampoco algo que quisiera serlo.Seguían gustándole mucho las mujeres. Las atraía como el fuego atrae el oxígeno. Las hacía sentir deseadas, vivas, únicas…aunque supieran que al amanecer él ya estaría vistiéndose en silencio.Las cicatrices de su infancia y adolescencia seguían con él, profundas e invisibles. Por supuesto, no las curó, las integró y se convirtió en alguien forjado por la perdida, exigencia y fuego. Un niño que aprendió arder solo…un mago alineado con dragones…un hombre peligroso y atrayente.— 𝖀𝖓 𝖉𝖗𝖆𝖌𝖔𝖓 𝖖𝖚𝖊 𝖓𝖔 𝖓𝖊𝖈𝖊𝖘𝖎𝖙𝖆 𝖆𝖑𝖆𝖘 𝖕𝖆𝖗𝖆 𝖉𝖔𝖒𝖎𝖓𝖆𝖗 𝖊𝖑 𝖈𝖎𝖊𝖑𝖔 —Ayax se convirtió en una leyenda discreta, un experto en su campo y al que se buscaba cuando nadie más se atrevía. Su cuerpo era un mapa de batallas: físicas, mágicas y emocionales. Y eso era lo más impresionante y... magnético. Seguía siendo chulesco, seguro de si mismo, rompiendo corazones o…huyendo de ellos. Había visto morir a amigos, familia y personas que había apreciaba, había sentido el peso de la magia escrita en su cuerpo. Sabía que cada marca le acercaba a convertirse un poco más en algo que ya no era del todo humano.Y aún así, cuando alguien estaba en peligro, Ayax aparecía para salvarlo, era más fácil salvar a los demás que a uno mismo. Tal vez sonriendo, tal vez bromeando de aquella forma tan suya, coqueteando en medio del caos…pero siempre estaba ahí. Bajo el ego, la arrogancia…bajo esa chulería e ironía. Ayax era lo contrario a lo que mostraba, era el fuego que protegía, no que destruía.Aunque solo algunos eran los afortunados de descubrirlo.